Mi cámara le robó el alma al chelo que descansaba sobre el escenario, apenas sostenido por una silla. Los protagonistas en sus camarines, fumaban y calentaban sus cuerdas (vocales e instrumentales) con cafés y licores. El aire de arrabal ya viciaba las butacas que se iban llenando de a poco. El público -que esgrimía canas y bastones- se acomodó repasando estudiosamente los programas.
El rojo, furioso, en la blusa de la cantante que frunce el ceño ante tanta queja, tanto sufrimiento. El tanguero eterno la aplaude. Las teclas de piano también se quejan. La señora que recuerda los años mozos de firuletes y manos en la cintura, aplaude.
El momento del chelo es sublime. Éste no se queja: grita. Se deja acuchillar por el arco, que sube, que baja y encoge el corazón, ay como llora y grita!
Duelo con el violín, su hermano menor que lo persigue con sus chillidos más agudos, se pelean hasta provocar la ovación.
Los tangos siguen. Se cuelan en los labios de los presentes que cantan al unísono, esos recuerdos de tiempos mejores. Y piden un bis, quieren más y los complacen. Las notas se escuchan y la ovación sigue. Quién no quisiera cantar así como Malena?
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